Se veía pálido, deprimido y ausente. Su cabello lucía despeinado e incluso sucio. A pesar de la abundante luz en la habitación y los tonos claros de las paredes, que hacían que su piel se notara casi sin vida, el ambiente era como una habitación con exceso de brillo, pero carente de vida.
Se tocaba la cara, como si buscara reconocerse en el reflejo de aquel acrílico reforzado. Luego, levantaba su mano izquierda y se asombraba al ver solo un rastro de sombra proyectada en el piso. Perdía su mirada en distintas direcciones para captar el movimiento de la mancha grisácea que apenas se notaba en el suelo lustroso.
La bata, a medio abrochar, raída y sucia, era una burla; apenas cubría su cuerpo, pero dejaba al descubierto un alma que parecía desvanecerse. Sus huesos, dolorosamente prominentes, lo convertían en una figura espectral a punto de disolverse. Los ojos, hundidos y desmesurados, parecían ajenos a un rostro que nunca, ni siquiera en la infancia, pareció conocer la inocencia de una sonrisa.
No eran los médicos quienes fijaban su atención en él. Habían logrado mantenerlo estable, sí, pero no era el resultado que anhelaban ni estaba en su poder cambiarlo; la ética les ataba las manos, impidiéndoles darle el trato que realmente merecía. Ni siquiera eran autoridades las que posaban sus ojos sobre él. A él, no obstante, nada de eso parecía perturbarle. Simplemente permanecía inmóvil, absorto en su reflejo y divertido con su sombra.
El reflejo decía más que mil palabras, más que aquellos labios resecos y entreabiertos de los que se desprendía un leve vaho sobre lo que intuía era una ventana. Mas, lo que realmente le arrancó un grito fue la desaparición de la sombra de su mano. Había contenido su aliento, deseando borrar toda huella de su calor interno en aquella falsa ventana, pero el grito emergió, crudo, espontáneo, sin voluntad propia, imposible de reprimir. Su nombre. Una voz monstruosa lo pronunció, surgiendo de entre el grupo de observadores, de esas figuras que no eran más que un infinito de sombras oscuras, estáticas, una multitud que guardaba un silencio sepulcral.
Intentó girarse, intentó escapar, pero la esposa de su mano derecha, aferrada a la camilla, lo detuvo en seco. Al toparse con el monstruo en el reflejo, comprendió que su hora, finalmente, había llegado. Frotó con frenesí el acrílico, intentando borrar aquella aparición, pero la imagen era inamovible; se vio a sí mismo, sí, pero con un gesto espantoso que helaba la sangre.
En un arranque de pánico, cerró los ojos. Cuando los abrió, su propio reflejo le devolvió una sonrisa tan grotesca que las almas allí presentes comenzaron a exhalar plegarias ahogadas, súplicas que jamás habían sido escuchadas. Sabían que el momento cumbre había arribado, que el reflejo venía a reclamarlo. Las almas perdidas que lo observaban en la habitación no eran meros testigos de sus atrocidades; no estaban allí para condenarlo, sino para aguardar el instante de la venganza. Ese juicio ineludible que, tarde o temprano, enfrentan todos los seres aberrantes que cometen horrores en este mundo. Y no me refiero a una deidad, a un ser superior o a un juez terrenal, sino a ese reflejo viviente, esa abominación hecha a su imagen y semejanza. Un monstruo idéntico, no solo en su apariencia, sino en la insaciable sed de placer que sentiría al torturarlo, acribillarlo y matarlo, tal como él lo había hecho con sus víctimas. Esta vez, no habría niños indefensos a quienes atacar. Esta vez, él sería la presa.

Azucena M. Ortiz
(Mexicali B.C. México) Soy contadora de profesión, pero mi verdadera pasión son las letras. Soy la orgullosa propietaria de Soffa, mi librería en línea, un proyecto que creé para compartir y gritarle al mundo que la historia de un libro no tiene por qué tener fin. He incursionado en la escritura creativa; mi inspiración es la condición humana, la imaginación y lo cotidiano, sin dejar de lado el fascinante mundo del terror. Me encanta ser «la loca que siempre trae un libro», una etiqueta que llevo con orgullo y que define gran parte de quién soy. Siempre estoy dispuesta a enfrentar nuevos desafíos, pues creo firmemente en el aprendizaje continuo y en ser auténtica.